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sábado, 3 de abril de 2010

¿Profilaxis para una teoría literaria? [Espacio NN]

Habitar las bibliotecas de la trata de las letras, comportarme como un cabaretero por osar y publicar en el lupanar local de la literatura, actuar cual un proxeneta por el simple-terrible acto de leer literatura erótica francesa (de una traducción berreta) en horario de trabajo, hacer apología de la partuza, el cachengue, la crispación de los sexos en las páginas de un matutino… De todo esto y más se me acusa. Solamente, y apenas, por haber dedicado setenta pajosas líneas a la pulposidad de la Coca Sarli.

Ahora, ¿qué corno es la literatura? ¿De qué va esta lata? ¿Dónde están los laderos que abogan por el buen trato del lenguaje? ¿Es la literatura el “buen trato del lenguaje”? ¿Por qué se asusta UD., Sr. ABL, cuando advierte que un apasionado quema las pocas naves de su intelecto para sacar punta y parir unas cuantas líneas en sincero homenaje a esa calesita erótica que es, fue y será Isabel Sarli?

Me animo a contrariarlo, a refutarlo, y a defender una concepción de la literatura que muchos otros, antes, ya han recorrido y ocupado con inusual decoro. Que la literatura se arruine, según da a entender UD., por el hecho de repetirse en lugares comunes (léase: la partuza, el cachondeo, la fiestacha barata, la calentura, el histeriqueo sadomasoporno, el revolcón, etc.) no es algo que deba condenarse. O lo que es lo mismo: ¿por qué la literatura ha de perjudicarse con el común sentido de las mayorías? Acaso UD. dudaría que los pibes y pibas de doce años en adelante ya están extasiados y exasperadamente neurotizados a causa del sexo, la pornografía, el reguetón, feisbuc, los fotolog, los SMS con la palabra TETO al 22020, los celulares con cámara, el discurso jeropa y la ropa provocadora que ya visten apenas perciben dolor (y olor) en el pubis y notan que los pechos, el bulto, la cotorra, y el culo les aumentan de tamaño. Todas estas vivencias, ¿merecerían quedar fuera (prohibidas) del ámbito de las letras? Y qué pasará con el hombre peludo -de pelo en el pecho- que sueña revolcarse como un rinoceronte en el lodo junto a la hembra que voltea todos los árboles de su selva. Dónde debemos guardar esas expresiones, ¿en los azulejos de los baños públicos? Cómo llevar a la metáfora lo que ya no acepta metáforas o cómo desconocer aquellas expresiones que han alcanzado el grado cero de la escritura: “Chupo tripa gratis, llamame al 15 - 5-----”, “Tengo el culo como una flor me llamo Mar…”, ¿no son estos enunciados, también, un artificio del lenguaje? ¿Un modo de decir algo que no puede ser dicho de otra manera? ¿Habría que recurrir al realismo mágico para dar a entender ese significado? ¿A razón de qué pérdida…?

Tampoco, se trata con esto, de dar rienda suelta a la caterva de barrabasadas capaces de proferir nuestra imaginación. Sin embargo, los límites con los que trabaja la literatura son poco convencionales y, antes que a la ortodoxia, se ajustan a los decires subjetivos del autor que es, a su vez, el primer lector.

Para el escritor y asaltante de novelas al voleo, Ricardo Zelarayán, la literatura es toda aquella creación dictada por el placer o hija del deseo. Dice R. Z.: “…A diferencia de la música, la literatura usa el mismo lenguaje que la necesidad, pero lo usa de otra manera, en un tiempo diferente del de pedir pan para saciar el hambre o una frazada para protegernos del frío. La más pequeña infracción a esa forma mendicante o policial de la comunicación es el germen o el comienzo de la literatura o, si se prefiere, de la poética: todas las artes…”.

Después de todo este divague, cada vez, más me convenzo de que Borges hubiese sacrificado uno de sus mejores cuentos con tal de poder escribir el siguiente párrafo: Quizás la vivencia de Juan sólo es una circunstancia aislada y con un final desesperante al que no queremos llegar. Pero pensemos las veces que el baño nos quedó lejos. Recordemos esa sensación de que sacar la llave del bolso era la tarea más difícil antes hecha, a la que le seguía la vuelta de llaves con manos temblorosas. Insistamos en el recuerdo de entrar corriendo con las manos apretando el sexo y el culo para no cagarnos en la primera de cambio y nos daremos cuenta de que todos estamos cerca de ser Juan.

Bienvenida toda literatura, bienvenido todo placer.


Unco Claraboya
[insistentemente para NN]

martes, 30 de marzo de 2010

Cuando todo se va definitivamente al tacho [Espacio NN]

Señores editores (i)responsables del suplemento (dietario) NN del Diario la Posta del Noroeste.
Hoy, mis inquietudes son muchas y mis cuestionamientos son muy variados. Por eso quiero, desde este pequeño espacio de réplica que me otorgan, llegar al escritor enmascarado y preguntar “por qué”. Por qué señor Unco Claraboya.
Por qué romper con la estética de su magnánima creación y exponerse a la chabacanería, a lo burdo, a lo innecesario de caer en la producción que sólo se encuentra en las extremidades.
Usted que es inteligente, debe explicar cómo es que además, goza de leer los improperios de la tinta mal gastada, de los tiempos corridos del margen y de la prosa enlatada, sin ecos, vacía de todo contenido.
Entiendo que el espacio que completó la semana pasada es seguramente el que hoy estoy completando yo. Que en las decisiones de los editores no está ni siquiera, contemplado la idea de buscar material con más no sea un mínimo de contenido sustentable, comunicable, educador o servicial.
Este espacio, sin dudas, es la prostitución de las letras y usted creo que es (por lo menos esta última semana) un perverso que se ha adentrado en el cabaret de la escritura.
Sin conocerlo, mi imagen suya era lo más cercano a un erudito.
En pequeñas pinceladas, sostenía en mi imaginación a un ser alto, espigado, lánguido mejor dicho, que pasaba horas enteras buscando respuestas a sus interrogantes y a los que conformaban su contexto. Un creador en masa. De ahí fue que salieron textos de suma grandeza, con una estética pura, con un respeto insoslayable por la lingüística y con la rareza de la búsqueda en sí. Porque sus relatos se metamorfoseaban en cada paso morfológico, en cada signo, en cada contacto con la imaginación de los que disfrutábamos de leerlo.
Ahora es sólo un ser fofo, al que le gusta la cachiporra, el canchengue, la fiestacha barata. Un prostituto dentro de la trata de letras. Y eso queda marcado en su prontuario porque hoy en el dolor, no puedo llamarlo curriculum. Esto no lo recordará el lector pasatiempista, pero sí lo harán aquellos que mantenían el respeto por su trabajo.
Pienso y corríjame si me equivoco, que vive en la villa miseria de las bibliotecas, que su naturaleza es leer libros franceses sobre literatura erótica. Que por las noches sólo se alimenta a porotos y ensalada de rúcula.
Que la carne sólo es el alimento de denuestos contra la afrodisíaca imagen de la mujer.
Así me hizo sentir con sus deseos fálicos hacia Isabel Sarli. Porque aquí no existe el platonicismo. Aquí queda por fuera la idealización del amor.
Este –el que usted tuvo- fue un acto desesperadamente físico, atribuido sólo a los actos de salvación, a los de última fuerza.
Es como estirar la pata, como dar el último aliento, como pensar que más bajo no se podrá caer.
Y como hoy lo encuentro en el pozo, lo insto a que no caiga en lugares comunes. Que ponga en marcha el “operativo retorno” y vuelva a dignificar a la literatura como siempre lo hizo.
Le pido respóndame a las imágenes que ha causado en mi cabeza. Quiero, como tanto como otras personas que seguramente se sentirán identificados con esta carta, sepa evacuar mis inquietudes. Pido, una vez más, vuelva a entintar su pluma y regálenos de su magia, de su gambeta, de su definición fría en tiempo de descuento. Lo estaré esperando.

ABL (Escritor, físico nuclear, astronauta, contador, médico, pederasta oculto, simplificador de los problemas y enemigo número UNO del suplemento NN)

sábado, 20 de marzo de 2010

Lamento de un semental [Espacio NN]


“Vos sos medio degeneradito”, dijo. Lo largó sin siquiera tomar el recaudo de poner delante un “Me parece que…”. Y no se equivocaba. Sin embargo no le contesté. Atiné a sonreír, contentarme con la sutileza de “medio” y hacerme el boludo. Dejar pasar los segundos mientras esperaba que la conversación continuase, diluyera en lo mundano, y ayudara olvidar la vergüenza que me había propiciado.

Inesperado acontecer. Ahí, me di cuenta que se notaba. Que todo el mundo también lo podría haber notado aunque yo, lastimosamente, lo guardara como el más íntimo secreto. Me faltaban agallas, voy a reconocerlo. Pero, así y todo, nadie me podrá quitar lo bailado. O lo birlado. Digo, nadie podrá quitarme mis recuerdos y las fantasías recurrentes que nacieron en mí junto a aquella mujer. ¡Qué digo mujer!, ¡DIOSA! Ese camión llamado Isabel “Coca” Sarli.

Aquella había sido una pequeña muestra de su desparpajo. Una irreverente venganza que daba por tierra con todas mis mentadas conquistas. Simplemente una advertencia, un “Nene, te pensás que soy boluda”. Y me lo dijo la Coca, únicamente a mí, y en la cara. Sin vueltas. Me sacó la máscara y me dejó en bolas. Quedé expuesto cuando yo celosamente atesoraba todas aquellas escenas en que la había espiado, casi ultrajado con mis ojos. Porque despiadado y sin rodeos había logrado colarme en el equipo de grabación de Don Armando y así, cómo uno más, había conseguido estar cerca de ella en todo momento. Casi a flor de piel. Me pegaba al decorado y la espiaba a través de cualquier agujero. Era un privilegio. Un pago extra. El paraíso entre bambalinas y luces.

Nunca alcancé a cotejarla en cámara. En verdad, nunca pude hacer un protagónico, menos un papel de reparto en algún film y llegar, así, a besarla, cuanto menos acariciarla, rozarle una mano, el cabello. Pero ese desquite que ella se cobró conmigo –no importa que lo hiciera a último momento, cuando sabía que todo había terminado y ya no me tendría que ver más- me dio el consuelo, mejor dicho, la certeza, de que mi presencia no le era indiferente. Ella era muy consciente de que yo la ansiaba y aguardaba expectante por una oportunidad. Un descuido que diera rienda suelta al desliz.

Era muy difícil soportar semejante hembra delante. Actuando con esa naturalidad indecorosa. Haciendo desquiciar a Don Armando, el capitán del buque. Puedo asegurar que todos quedábamos poseídos. Absolutamente desorbitados. Nos daba los mismo Juan Domingo que el Mariscal Tito. Cualquier mono vestido con ropa de fajina podía sucumbir de vértigo ante los movimientos eclécticos de la Coca. La reina del porno mundial -así era anunciada su figura en los países del exterior- me tuvo eclipsado durante años. Claro que Don Armando no la dejaba sola un instante y la tenía puesta como una estrella de Hollywood. Apenas si la prestaba un ratito a los muchachos del equipo y cuando tuvo que largarla en manos de otro, enseguida nomás, se la encomendó a su hijo, Víctor, para que la enyuntara en la escandalosa “Carne”.

Gloria, Flavia, Laura, Sandra, Delicia, Alicia, algunos de los nombres con que cada noche ella me iba mintiendo. Cada vez hundiéndome más. Me paseaba, con sus ojos, desde el idilio hasta la asfixia y me resucitaba, como a un perrito ahogado en el agua, con tan sólo un pestañeo. ¿Por qué creé que sus películas son tan populares en Oriente?, le preguntaron alguna vez. Y ella, atrevida, contestó algo así: “Porque una teta mía es más grande que la cabeza de un chino”. No tenía desperdicio, ni una pedacito de uña de ella tenía desperdicio. Hembra insaciable.
Una vez estuve apunto. Casi me le tiro. Que si no hubiese sido porque soy un hombre muy racional y que lleva la duda hasta el sitio menos recomendable (el de los bifes, claro), le pegaba una arrinconada de película. Sí, sí, película del estilo de Don Armando. Es que la tenía servida. No recuerdo porqué todos se habían ido. Ella estaba sola o debía creer estarlo, porque yo tuve que volver al estudio a buscar no sé qué cosa, y la encuentro allí tratando de sintonizar una radio que funcionaba peor que una catramina. ¡Qué lo re parió, esta es la mía!, me dí coraje y me le arrimé. Entonces, cuando quise empezar a rumbearla para el objetivo ya notaba que las rodillas se me aflojaban, la voz amenazaba con no querer salir cada vez que le conversaba… imaginaba, ahí frente a ella… solamente imaginaba que la tomaba por los brazos, apretando su carnosidad y a lo bruto la sometía entre unos decorados en desuso. Allí la hacía mía, como en las películas, concretaba mis sueños, lograba lo hasta entonces imposible, que la Coca Sarli se regocijara bajo mi cuerpo semental.


Unco Claraboya
(especial para Suple NN)

miércoles, 21 de octubre de 2009

Nube (poesía vaporosa)

Peligro en el cielo /

vuelo sobre una nube /

no hay piloto /

es que yo mismo soy la nube /

soy yo quien se evapora /

y adquiere formas engañosas /

Soy la nube que se dispersa /

que muta en extrañas figuras /

algunas más infantiles que otras /

la nube que hace real las alucinaciones /

es la nube que llevo en el alma /

la que se escapa en un cielo celeste /

la que viaja sola /

y se perpetúa en la tarde de sol /

es la nube que me vuelve esquivo /

Soy la nube que está en dos o tres lugares al mismo tiempo /

la nube que no puede contentarse con un único devenir /

y trasciende el cielo /

La nube que me sujeta /

y transporta /

Es la nube que amo y me libera /





Unco Claraboya

martes, 8 de septiembre de 2009

Chamullo

“Quisquilloso”, me dijo. Pero no entendí muy bien qué quiso decir con eso. También, me dijo porqué yo le decía todas esas cosas. “Cosas”, dijo. Porqué yo le tenía que decir todas “esas cosas”, justo, a ella. Que si yo era “loquito o qué”. Que si no me fijaba si alguien nos podía estar viendo. Que tenía que tener más cuidado. Que cómo me le iba a acercar de esa manera, sin conocernos. Delante de todos.

Aunque, luego dijo que “todo está bien”. Que estaba todo bien, pero que “no así”. ¿Así cómo?, le dije. Que así yo parecía un “d-e-s-e-s-p-e-r-a-d-i-t-o”, susurró. Que no quedaba nada bien para un pibe de mi edad. Y encima, dijo que se podía imaginar cuánto me costaba a mí. “Costaba”, dijo pero me callé. Sí, dijo “costaba”, y que me comprendía. Y dijo que estaba acostumbrada. ¿A qué?, pensaba yo. Le dije que acostumbrarse es feo porque así abandonamos toda posibilidad de sorpresa. Dijo que me tranquilizara. Que la dejara hablar a ella. Que yo no era el primero que la venía a chamullar así. Que había habido muchos otros, antes. Pero que ahora ya no se lo esperaba. Porque hacía tiempo que estaba en pareja estable. “Es-ta-ble”, pausó esa palabra. ¿Y qué importa?, me decía yo. Y que ella compartía una relación afectiva muy buena. Que estaba muy contenta y segura de lo que quería para su vida.

Igual, después me preguntó de dónde sacaba yo todas “esas palabras” que siempre le decía al pasar. Que si yo estaba “loco o deliraba”, preguntó. Le respondí que ninguna de las dos opciones “me cos-ta-ba demasiado”. Otra vez, le repetí -ahora haciendomé el Tom Waits y cerca de su oído: que no me “cos-ta-ba”, ni un poquito. Y reí. Ella también río. Ahí nomás, me solté y empecé meta trabajar con “las palabras”.

Volvió a mostrar una sonrisa y entonces me relajé. Dejé salir por mi boca lo primero que me venía a la mente. Alguna vez, había pensado que un momento así sería lo más parecido a cuando un boxeador –que hasta allí ha cumplido con una pelea prolija, un buen trabajo de piernas y de agotamiento del rival- debe comenzar a lanzar los golpes justos y dejar madurar el knock-out. Pero ella no era un rival que derrotar. Ella era bastante más bonita que el éxito en una pelea de boxeo. Era la corona mundial y una noche de festejos y excesos bien merecidos. Y tampoco.

Me parecía que habíamos hablado por horas, que yo le había contado mi vida y ella la suya. Pero, apenas habrán sido quince minutos, un rato nada más. Si todavía, puedo recordar cada una de las canciones que sonaban en ese momento en el bar. Una de Sabina, otra de Floyd…

Ella estuvo simpatiquísima. Muy atenta a todo lo que yo le decía. A “mis palabras”. Cada tanto sonreía y en sus mejillas se marcaban dos pocitos diminutos. Luego, ella empezó a burlarse de mi timidez. Me dijo que era “una cáscara”. Y que le había gustado hablar conmigo. Haber podido conversar de “esa manera” y “tan interesante”. Que se alegraba de haberme conocido. Pero que ahora se tenía que ir. Porque su amiga, que esperaba en la mesa, ya le hacía caras. Y no podía hacerle eso. Que capaz nos volvíamos a ver. Y antes de irse, me dijo: “Chau, quisquilloso”. Yo pensé otra cosa.


Unco Claraboya

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